Capítulo 3 : La tierra sin mal

Años después me enteraría la historia, Me la contaría Bonpland, sereno, manteniendo la celeridad, pero con un a lagrima cercana al espanto. A él le habían contando los decapitamientos en la guillotinade la revolucion francesa. En realidad los había sentido, desde la lejanía. cuando tenía dieciseis. Pero esto era distinto. Años despues cuando en su solitaria furia indemne hablara sobre Rosas, yo comenzaría a comprender que todo su odio, no manifiesto, había comenzado en los primeros años de la decada del veinte.


La noche que Amado recibió la carta de la muerte de Pancho. Se mantuvo en silencio un rato largo, eterno. Este fue Rosas, pensó. Lo olía. Lo odiaba casi sin conocerlo. Había escuchado lo suficiente como para intuirlo.

La República Entrerriana


En ese año 1821 muere Ramírez decapitado,
cuando el General Estanislao López, Gobernador
de Santa Fé, cambia de bando gracias
al aporte de 30000 vacas que provee el
estanciero bonaerense Juan Manuel de Rosas.

I

Ahora que usted me lo ha dicho, empiezo a comprender algo. Dijo el hombre de barba y uniforme. Estaba sentado en su sillón. Fumando un cigarro. Esos días habían sido turbulentos para todos. Una guerra los esperaba a todos allá afuera. Francisco sabía que quizás no volviera vivo de allí. Pero todo, todo era por la patria. Años después, Roguin recordaría en las palabras de Amado aquella entrevista.


A mi me habían dicho que se trataba de un hombre fiero, de una Bete Humaine. Sin embargo tras la descripción de Mr Bonpland, noté que Ramirez era un Buen hombre, que se encontraba mas cercano a nuestros deseos que lo que lo estaban los de Buenos Aires

Pero su preocupación era la yerba mate, viaja el 1 de octubre de 1820 en la sumaca “Bombardera”, con destino a Corrientes, allí se entrevista con el caudillo Francisco Ramírez"



Casi 3 años lo albergó Buenos-Ayres entonces, desde febrero de 1817 hasta septiembre del 20. El verano del 17 fue confuso. Polvoriento. Expectante. El invierno lo invadiò la pesadez de la soledad que la ocultò en su jardìn de la calle concepciòn. La primavera de ese año fue un regocijo por los viajes que pudo hacer. En el Verano del 18 y el invierno lo fueron preparando para sus cargos.El Verano del 19, los viajes por el delta, lo sumergirìan en una extraña pesadilla obsesiva. No pararìa hasta que en el Verano del 20, hubiera arreglado todo para irse. Cuatro veranos pasaron antes de que el invierno del 20 lo hallara naufrago de sus sueños. Embarcarse en el rìo enorme, arriba, para llegar a esas tierras que son fantasmagòricas pero que puede imaginarse durante las noches al recorrer con su vista las lecturas de Azara. Entremezclar los viajes al delta del Paraná con las descripciones selváticas de Azara fue tornandosé casi una aventura en si misma.

La imagen que tuvo de esos rìos y arroyos, cuando a bordo de la Bombardera imaginaba lo que le dirìa a Ramirez, coincidìa plenamente con lo que se había mentalizado que encontraría.
El verano del 20, lo encontró recolectando palmeras y bambùes. Pasado el verano luego se dirige a Caa Catì y por Nicolás Aripi, llega a la Candelaria, frente a Itapuà. El verano de 1821 no lo pasarìa en el cerrito. Ese ùltimo invierno de 1821, un diciembre lo encontrò preso en otro paìs, que sería por años su paìs.
Otra Muerte ese invierno le llegarìa a Amado. de otra manera, los 4 veranos en Buenos Aires y el Verano en Corrientes, todo como una gran cosa, habìan culminado.
Quizas como un intento fallido de sentirse un jesuita anacrónico. Amado se dirigió a los lugares que habían sido suyos en vidas anteriores. cincuenta años despues del apogeo civilizatorio y humanistico de los Jesuitas. Llegaba un jesuita desterrado a buscar a sus ancestros espirituales. En esos años rememora su escrito

“Noticias dadas por Amado Bonpland sobre las misiones jesuitas del Paraguay”, yo me lo encontré años mas tarde hurgando en bibliotecas ajenas.



II

Se comía yopará, mbopi, bori borí, locro en invierno. Se comía caburé, guiso tropero, mbeyú. Muchos los aprendío a preparar él. Un artista de la cocina, verá. Claro, el yopará se habla y se come. No que va… no me voy a poner a hablar ahora en yopará, yo aprendí, si, con los indios. Pero como me comería un plato de esos ahora. Ahora que esta fresco, y que Amado ya fue para el silencio, después de tanto hablar y comer yopará. Dicen que uno es lo que come, y dicen que uno es lo que dice. Tambien dicen que uno es lo que hace. Se dicen tantas cosas, y se hacen tan pocas…que yo que sé. Ahora que me acuerdo, vea, todo se me nubla, y usted que me mira asi, como sin entender de lo que le hablo. A veces me da la sensación de que no me escucha. Escriba, delé que tuito no ande acordarse.Claro que usted sabe como es esto, a veces la memoria miente.Si lo sabrá usted, si lo sabré yo. Las paredes humedas de este calabozo, con este olor a encierro y a sangre podrida de sabrá dios cuantos prisioneros, me transporta, alla lejos. Allá en la confluencia de los ríos, alla donde alguna vez hubo una tierra donde indios y españles vivían en armonía. En esa tierra, que ahora le da, el nombre a Misiones, después de no se cuantos años de trifulcas. De guerras, de incendios, de entreveros, de rebeliones, después de no se cuantas repúblicas, cuando ya no había nada para hacer con tanto, cuando había tanto para hacer con nada.


La República de Corrientes fue el pretexto de Ramirez, Quiere un vino, Alfonso, me dijo. Transpiraba. Alfonso, como el sabio. Vino a verme Ramirez, confesó, mientras se servía un vaso de vino del tonel, los dos sentados en la fonda que quedaba cerquita de la plaza de la Victoria, eso que ahora le llaman Plaza de mayo, pero que para los que nacimos en ese entonces, y por unos cuantos años seguira siendo la de la Victoria. Había poca gente esa noche, los parroquianos que siempre acudían sedientos, a hacer osociales, o simplemente a tomar un tinto, se ve que estaban festejando. Ramirez, me vino a ver, me había dicho. Abrió los ojos como platos. Le agarro julepe.Por las cosas que se decían entonces de Ramirez, era de temer. Dias atrás le había llegado una carta con su nombre, que el nunca leyó. No la quiso leer. Miró las letras que nombraban a ese hombre y en las letras leyo su futuro. En la carta, según me dijeron tiempo después, había detalles que Ramirez había escrito de puño y letra, y que sólo debían ser leídos por el Profesor Bonpland. Amado nunca leyo esa carta: aquel papel culminó su ciclo nuevamente en la tierra en la que crecieron los retoños de los naranjos de la plaza constitución. En esa carta había cosas que yo no quería saber. Que ni me quiero enterar, me confesó Amado, ya mas picado que el vino que estabamos tomando.

Mis recuerdos saltan a otra noche, donde un paisano de corrientes charlaba con nosotros sobre los misterios de la yerba mate. Octavio no podía creer que Amado fuera francés, tenía acento, si, pero le resultaba insolito a ese paisano de corrientes que un francés estuviera el el medio de la selva haciendo no se que.

Esa noche Octavio nos contó algunas cosas. Nos hablo de las misiones, de las antiguas misiones que destruidas como estaban, resultaban imponentes. Aún para Amado que según dejó entrever había conocido las misiones de casi todo el continente, pocos años atrás. Todavía estaría presente en el recuerdo de Amado aquel periplo de Norte a Sur donde descubrío realmente esa América, con las costumbres de los indios de todas las latitudes,todavía le quedaban algunas especies de plantas de su gran diversa colección de plantas de América. Ahí en Loreto, esa noche luego de la campaña, cerquita de la laguna y en el frescor de la noche luego del calor del día. Por primera vez, ese hombre sabio, humano, conocedor de cuanto yuyo crezca sobre la tierra, me sorprendió. Me sorprendió que por primera vez, yo, que aprendí casi todo lo que sé junto a él. Sabía algo de una planta que el desconocía.

El fogón se reflejaba a la distancia en el lago vecino, los tres mirabamos a la inexistente luna por detrás de las higueras que bordeaban el camino. Octavio, el marisquero, comía desaforado una torta hecha de mandioca. Me convidó, yo n me animé. Amado si. Amado probaba de todo. Muchas veces al recolectar una especie nueva. Decidía probar su hoja.

Amado se preguntaba por las especies de plantas que se cultivaban en las esas misiones jesuíticas de sudamérica.

Había visto misiones todavía en funcionamiento y sabía muy bien como podrían estar organizadas. Los edificios aún dejaban entreveer donde estaban los jardines donde se plantaba. Si bien las plantaciones estaban algo dispersas todavía había plantas.

Caá, dijo Octavio, respondiendo a una pregunta que Amado nunca había hecho. En su mirada profunda se veía la duda. De golpe se sorprendíó por un silbido.,luego otro. Como una llamada, como un invitación a callarse, a no perturbar la naturaleza.

La mirada de sorpresa paso a desconcierto.
Un pájaro, dije yo, medio bromeando.
¿A estas horas, con esta oscuridad? Preguntó Amado.
Kururú.
Asi canta ese. Hay otros que cantan distinto. Como perros. Ta lleno a estas horas.
Octavio comenzó a imitar sonidos, con el gesto extraño de inflar la boca al emitir los ruidos.
La mirada de desconcierto de Amado se aclaró. Grenouille. Grenouille, dijo asintiendo y riéndose de si mismo mientras devoraba el últoimo pedacito de torta harina de mandioca.
Mañana comenzamos temprana asi aprovechamos el fresco del saliente. Si quiere le muestro lo que queda de la misión.
-Las Plantas- dijo Amado.
-Y Las plantas, dijo Octavio.

La tierra sin mal

Esas misiones jesuiticas habían sido abandonadas casi hacía 20 años. El pueblo renació a la vera de esa enorme misión. Le copió casi todo. La plaza, la iglesia, el maíz, el mandiyú. Pero no le pudo copiar el ritual de tomar mate. En esos veinte años, hubo saqueos, robos, incendios, las plantas que habían sido cultivadas laboriosamente por los antepasados de los indios, fueron aprovechadas por indios, españoles y bandeirantes portuguesesse acabaron. De esas plantaciones no queda nada. Ninguno de los que vive hoy acá, vio eso. Pero que se plantó se plantó. Vivían 4000 indios. La carne la sacaban traían de lejos. Pero era de ellos, de los jesuitas. El maiz lo traían cultivaban acá y se lo llevaban a todas las otras misiones, el algodón lo traían de las misiones del norte.

Nos detuvimos. Amado escuchaba atentamente aquellas palabras, que seguramente le recordaba a lo que le contaron en otras misiones de America. Pero se quedó mirando un arbol. Enorme, un arbol que estaba sólo, en un claro. Este suelo que pisamos dejó de ser selva hace años. Ahí plantaban. Y ahí creció un arbol, de gran follaje de casi 20 metros y de tronco blanco. Amado se quedo mirando. Ese arbol, debia tener al menos, 50 años.

Esa misma noche me confesó que había algo que no entendía. El conocía muy bien el sitema de los jesuitas y sabía bíen que los árboles frutales no se plantaban en las misiones. Sabía muy bien que un jesuita no plantaría un arbol así en medio de una plantación de Maiz.

Hace unas noches, frente a los esteros. Anegados, en el fogón, la noche que escuchamos las ranas silbando, pidiendonos silencio, Octavio, el marisquero de Loreto, dijo algo. En lengua guaraní. Dijo algo sobre una planta. ¿Recuerdas el nombre que le dio? Yo tampoco, no puedo recordarlo. Pero crecía tanto en Loreto como aquí, aquí en las misiones. Tiene que haber. Y tambien en brasil, y en Paraguay, cruzando el Paraná.

Años mas tarde, solitario, pensador en su yerbatal en Santa ana, aún sin imaginarse que en ese terreno, se desataría una sangrienta guerra por quien sabe cuantos pedazos de tierra, tres mounstruos devorarían las migajas de una selva, fructífera pero infértil, amasando una barbarie en tres lenguas, tres etnias, cuatro nacionalidades y unas sola sangre. Años mas tarde, caminando descalzo por el monte, buscando un refugio bajo un arbol para apaciguar el incesante sol de la tarde de Misiones, sin imaginarse que esa tierra roja seguiría muy pronto derramando sangre, recordaría, en silencio, lo que pasó en Loreto esa tarde. A la sombra de un enorme ejemplar de Ilex Paraguaiensis, la mas grande de las Equilofaceas americanas,pariente lejanísimo de las plantas del te. Producto vivo de la evolución ante cuyos ojos toda su amada botánica cobra sentido.