Capítulo 5 : de puño y letra


Diario Personal de Amado Bonpland.


Este diario rememora de forma introspectiva, los sucesos vividos por Amado entre los años 1816 y 1821. Narra los recuerdos de sus días en Buenos Ayres, cuando todavía estaban frescos. Recuerda con anhelo los días de su viaje previo por las Américas junto con Alexander Von Humbolt. Y detalla algunos aspectos de su vida en Santa Ana.

Se cree que fue escrito durante su estadía bajo la custodia del Doctor Gaspar Rodriguez de Francia. Seguramente fue escrito junto con las cartas que día a dia escribía y enviaba. Sin embargo, este diario quedó archivado durante años en el Archivo del Doctor. Algunas fuentes históricas mencionaban su existencia, sin embargo se creyó perdido bajo las llamas.

Recientemente, fue hallado como parte de un archivo personal en La Rochelle. Seguramente, Amado lo envió para que sea conservado.

El diario tiene la particularidad de estar escrito en tercera persona, la primera persona esta utilizada como un alter ego.

Esta edición recopila las fojas encontradas y añade algunos detalles históricos de conocimiento posterior.



Yo no se por que lo hizo. A veces pienso que estaba fuera de sus cabales. En otras ocasiones, llego a la conclusión de que es lo único que él podría haber hecho.¡Qué habria de hacer? Quedarse en su Europa natal aburrido de las cátedras. No. Sin duda que no.

Las sensaciones son confusas, recuerdo que me contó reiteradas veces que cuando llegó a Buenos Ayres, no se hallaba en su lugar. Desde ya que estaba obsesionado con todo. Es que se trataba de un personaje sumamente curioso.

A través de los años comencé a comprender que era lo que realmente le atraía a Amado de esas tierras. Pero no fue fácil descubrirlo. Seguramente porque quizás nisiquiera el mismo lo sabía.

Las noches aquellas en Londres, en las que secretamente se juntó con Manuel y con Bernadino, hablaron muchísimo. Intercambiaron infinidad de opiniones sobre las independencias. Y Amado, adorador del sistema republicano. Sólo quería la independencia de las Americas. Hablaba loas de Simón. Siempre que podía. Esas Noches en el museo Londinense, la vida de Amado comenzaba a cambiar, llegaba a un punto sin retorno, donde sin lugar a dudas, lo único que restaba era esperar a que se dé
el momento oportuno.

-Uno sabe cuando es el momento oportuno- le diría repetidas veces Amado a Emma.

La cartas que llegaban desde Colombia eran perturbadoras. Cada vez con mas ahinco, la lectura de las líneas de Simón eran un aliciente. Varias veces me contó sobre ese recuerdo inborrable que tuvo cuando, en un viaje, conversó con su amigo Alexander, la posibilidad de volver al Orinoco.

Vos estas lóco?- Le dijo alexandre gritando. Vos sabés que las Americas no son lo mismo que eran.

Y si, estaría loco, o no. Pero Simon lo convenció. Quedaba mucho para recorrer en la cuenca del Orinoco, y ademas el trabajo de analizar los especimenes recolectados lo puede hacer Kunth, No hace falta que lo haga yo- Me dijo

Continuar el trabajo de Celestino Mutis era, para Amado, casi un desafío.
Buenos Ayres no era ni La Rochelle, ni París, ni Londres. Ni si quiera era una mezcla de las tres.

Bonpland escribe... (circa de 1857)


Imagino ahora, después de tanto tiempo. Lo que serán las calles de la ciudad de la Satísima Trinidad de Buenos Aires. Los relatos que me llegan por las cartas de mis allegados, hablan de una ciudad que ha sufrido inmensos cambios en lo últimos cincuenta años.

Desde aquì a la distancia, recluido en esta selva verde y húmeda me imagino transitando por sus calles actuales, repletas de gentes que dialogan en lenguas diversas ya no sólo en francés en inglés o español, sino que ahora escucho las músicas de otras lenguas como el italiano, el vasco o el gallego. Hombres de trabajo según me cuentan, que en las calles son los changadores modernos, que reemplazan a los antiguos morenos.

Al bullicio de los decires en lenguas vernáculas, le sumaría el ruidoso andar de los medios de locomoción modernos, que surcan las calles todavía barrosas muchas. Los tranways (asi se los llama en la palabra inglesa) y los carruajes, sorprenden por cantidad y por tamaño en muchos casos. Ya el cielo que se veía por aquellos años, está cubierto de suntuosos edificios y palacios particulares, y la regia belleza austera de los edificios públicos.

Se resiste uno a creer que en este tiempo (que no es poco, mas sí para el recuerdo) la geografía de la ciudad, se modifique de tal forma. Aquellos antiguos edificios que solían ser los puntos claves de la ciudad, y puntos de encuentro con colegas y amigos, ya no están.

Si estuviera hoy caminando por la calle Perú (que tanto he transitado cuando aún era joven) por ejemplo yendo a la tertulia de los viernes, notaría que ese edificio, la casa de la Virreina Vieja, ha sido restructurado y se denomina ahora, Monte Pío. A pocos metros de allí, el edificio del consulado, que me ha encontrado algunas mañanas bregando poque me acepten algunos traslados y viajes; tampoco existe ya. Al parecer es ahora el Tribunal de Comercio, me rpegunto si quisiera pasar ahora por esas oficinas, y me contesto que no, sin dudar mucho.

II

Los recuerdos se le vienen una tarde, o todas las tardes. Todas las tardes son esa tarde porque los recuerdo no piden permiso para buscar respuestas, escribe en la soledad del tiempo pasado.

Esta madrugada Adeline tiene chuchos de frío. El camastro tiembla cuando de vez en cuando ella tose. Yo soy médico, pienso, pero no puedo curarla. Ese mal no tiene cura, sospecho. Sus ojos negros acurrucados en la almohada y con la desmejorada cara que la febríl histeria deja, levanta su manita tibia y me toca la cabellera por encima de la almohada en la que se hunde mi cabeza. Le digo, lo creo, que se va a mejorar. Pero ni yo lo se. Nadie sabía de esas cosas a principios del siglo diecinueve. Ni en Arjentina, ni en Francia. Hoy que pasaron los años y las novedades, sé que todo eso fue lo que fue. Sé que el riesgo de esa grand morte, nos asolaba a todos.

-No te mueras- pensé. En silencio. Los candeles estaban apagados. El silencio parecía ser mas sobrio que a la luz de las velas. - No te mueras que sos lo único que tengo- volví a pensar, también en silencio. Pero con la sospecha de que había hecho algún ruido. Ella a mi lado mueve su rostro cansad y lo recubre con la sábana. No veo nada de esto, no hay luz, pero el ruid me lo dice. El ruido del pequeño roce entre la piel tersa de Adeline y las telas que la envuelven me sugiere que se ha acurrucado de nuevo. Que egoista soy, pienso y me enojo conmigo. Ella se muere y yo solo pienso en mí. ¿ Y Emma? ¿ Que pasará con Emma?

Noches mas tarde Lozier me invitó a pasar a su gabinete, también en el centro de la ciudad. tenía algo importante que contarme. Cambiaría el curso de mi vida, si es que mi vida tenía alguno.

III

Amado Recuerda aquel viaje a Londres. Corría 1816 y con sus amigos, Manuel y Manuel, deciden viajar a Londres. Allí también estaba Zea, el sucesor de Mutis, a quien Amado conociera en las cercanías del Orinoco, en Nueva Granada. Zea había sido mandado por Simón, en un viaje casi diplomático a buscarlo a él.




Todo era confuso para Amado. Tenía que trabajar en la observación de una colección que las Américas le habían brindado, pero no quería, eran muchos años de trabajo, en los que preferiría quedarse recolectando nuevos especímenes. Mutis, Celestino, sería un derrotero a seguir para Amado, parte de la Historia Natural recolectada en las Américas se debían al trabajo de este hombre. Simon lo invitaba cordialmente a instalarse en Nueva Granada con su familia. El proyecto era ambicioso. Pero no era el momento. No tenía lugar en Francia, No tenía lugar en Nueva Granada.



Esos días Adeline no lo veía nada bien. No se podía concentrar, no le salían las palabras. Je perdú les mots, decía, en un gesto casi poético.

Antes de partir por trabajo a Londres, Adeline le daría un abrazo en la intimidad. Mailmasón es parte de la historia, le dijo al oído, en un dulce francés.

En el trayecto, el carromato oscilante zigzagueba a toda velocidad por los campos. Iría á Paris, al centro de la ciudad a encontrarse con Americanos libertarios. Estaba entusiasmado. No se lo veía sonriente pues la incertidumbre es errónea para los sentimientos de alegría y beneficiaria de los pensamientos adversos. Aún así este joven de La Rochelle, se sentía entusiasmado.

un veintinueve de enero de 1817, llegué a Buenos Aires. Nos habíamos embarcado meses antes en el Saint-Victor, y en ese gran barco arribamos a las costas de la ciudad. En el puerto, que no era tal, me esperaban algunas caras conocidas, Manuel de Sarratea, a quien en parte debo agradecer las gestiones de mi viaje, y el consul de Francia en Buenos Aires, el entonces monseñor Antonio Leloir. Todavía en la ciudad se erigia el fuerte, me alojé cerca de ahi