Capítulo 4

Recorro un poco los anaqueles de la gran biblioteca. Las sombras de la Historia Natural en el Rio de la Plata, tienen varias luces, varios focos. Me sorprende el desarrollo que ha tenido esa ciencia en nuestra tierra, quizas la que mas haya sido revisada y estudiada en ese período extraño del milochocientos. Reconozco a los clérigos, que vivian en Buenos Aires, aficionados ellos. Uno de ellos, el mas renombado, que pasaría a la historia, Larrañaga. Pero a esos pasos le siguen los pasos de gentes que vienen de mares lejanos y que hablando lenguas diversas comprendieron las riquezas que estas tierras tuvieron y que tal vez aún tienen. Estamos hablando de los viajeros, de aquellos naturalistas que entrado el siglo dieciocho, ya sea mor misiones diplomáticas del país de origen o por acuerdo con la región de destino, llegaban a estas tierras sin mas conocimiento de ellas que lo que algún texto les puediera haber informado. De ese grupo, que fue llegando en distintos momentos y que fue dejando una secuela de escuelas de pensar la naturaleza en estas tierras, el primero que llega a una tierra libertada, es Bonpland. Azara, Haenke habían llegado antes con objetivos distintos, casi desconocidos, jóvenes. Y fue en estas tierras que ganaron prestigio. Como sabemos, Azara volvió a Europa. Haenke, falleció en el Norte, creemos que en Chuquisaca. Y Bonpland, bueno, esa esa otra historia. A diferencia de sus predecesores viajeros, Bonpland llega con un enorme prestigio a estas tierras del Río de la Plata. El enorme prestigio se lo daría su basta experiencia en el conocimiento de la región debido al viaje que hubiera hecho junto con Humbolt hsta 1805, recorriendo casi todas las Américas.
De alguna manera u otra cuando empecé a recorrer su historia sin tener la astucia de haber leìdo sus cartas; comprendì que Bonpland, no solo tenía una continuidad con Haenke, sino que tambièn tenìa una continuidad con Azara. Desde el comienzo sospeché que lo habìa leìdo. Revisando años mas tarde unos textos. Me di cuenta que era innegable. Azara no fue solo el gran descriptor de cuadrepedos del Paraguay, sin que fue el nexo escondido por la historia entre los hallazgos de los Misioneros Jesuitas y Amado.


"Waterloo fue algo mas que una batalla: fue un cambio de frente del Universo"
Victor Hugo, Los miserables.


 
- Sarraceno no!- gritó el hombre. Español! insistió. Y a mucha honra. Nacido en Granada.

Esta bien gallego, como usted quiera. El mote es lo de menos. Lo importante es donde estamos ahora ¿no?. Una nueva tierra una nueva patria. Todo por hacerse.

Aimè escuchaba esos dialogos en la calle, en los bares, en todos lados. Y cree volver a otros tiempos, ya remotos, de unos años antes. Cree volver porque en realidad no vuelve. No se puede volver de donde uno nuca se ha ido. Y él, si bién de Europa no se fué, porque Europa no lo hechó, digamos que quedó atrapado en una red extraña de situaciones que le impiden y le impedirán irse.



Mientras desoja unos naranjos pequeños, unos plantines reverdecidos en medio de la ciudad, en el vivero de la plaza ... en Buenos-Ayres, se le nubla la vista efecto de los azahres que desparraman esa hojas, que aún no florecen. Lo sorprenden unos golpes al portón. Se estremece un rato. Cree verlo a Napoleon a esconderse, cree verla a Josefina escondiendose tras su regazo. Se sabe viejo, pero se siente joven. Aquel naranjo lo trajo de Mailmasson. Allá era semilla. Acá será su lugar. Encontrará su tierra, su origen. Y se quedará. Piensa.

Era Adeline que golpeaba. Había noticias del pedido que Aimè le habís realizado al Director Supremo unos meses antes. Pero Aime sólo escucho bombas que nunca vió e imaginó estruendos que existieron en tierras lejanas. Su espiritu desolado dolíó como lo trae un olor aquel día en que Adeline le informó lo que pasó en Waterloo. Ni bién Adeline le fue con la sorpresa, lo primero que pensó Amado fue "no quiero estar más acá"

¿Se puede extrañar lo que se desconoce?- Se preguntó en voz baja, pero no lo suficiente como para que Adeline no oiga.
Le contestó en francés. Triste.
Aimè le rompió un pecíolo al plantín.
Entonces no extraño. Dijo.
Anhelo.

***


Millas al sur de Bruselas, en la aldea de Waterloo, en la meseta del Mont saint Jean, ocurrió todo. La llanura del Mont Saint Jean es el nombre con el que se conoce a la región. Pero es mentira. Es sólo un nombre. Piensa. Estrictamente, es un terreno ondulado, cruzado por colinas, y bosques. Recuerdo haber psasdo camino a Londres, alguna vez. Pequeños pueblitos de techos a dos aguas se esconden en el verdor de los bosques, que se adivinan en la lejanía desde las carretas. Recuedo haber pasado por la taberna de la Belle Alliance, en los altos de la colina.

Aimé se siente un poco Napoleón ahora, y mira a traves del catalejo aquel valle lluvios ese dieciocho de junio de 1815. Teme verse muerto. Estuvo muerto y ahora vive, pero igualmente lo teme. El Mont Saint Jean es empinado, hay fresnos y robles en la ladera, y mas abajo, allá tras la lluviosa campiña de praderas húmedas, las tropas de Wellington (su enemigo) lo sorprenden.

Aimè se siente emperador por un rato, guerrero: todopoderoso. El que se ríe en la imaginación se ríe en la realidad, piensa, y sonríe, Napoleón, y Aimé. Se dan la mano antes de que nunca mas vuelvan a verse. Napoleòn se confía. Aimè sufre.

Una risa infantil lo devuelve, lo arroja en Buenos-Ayres, de golpe, a cuchillazos. Es Emma que le dice algo en francès, y lo previene de imaginarse tanta masacre en su mente. Emma le traía nuevamente un mensaje de Adeline. Pero esta vez mas claro. Juan Martin quería verlo, en persona.

Ajordoui, oui papa!!

***


En otros tomos de libros de textos encontré otros manuscritos, como este:



"A los cuarenta años, comencé de nuevo. Mi vida de nuevo. Toda la vida de nuevo. Muertos todos todos muertos mis mis muertos, empecé de nuevo. Es extraño escribir esto es español, pero resúlta bueno. De alguna manera, dejaba el francés al dejar Francia. Mi Francia. Acribillada mi Francia. Muerta bien muerta mi francia. A los cuarenta años, ni mas ni menos. Se murío una mujer, y apareció otra, la que amé hasta que no pude amarla mas. Ahora, en la perspectiva díscola del tiempo que va para atrás y hace eliptica la vida, se me confunden los recuerdos de quien es que aparece y quien es la que muere. Pero un nombre me recuerda todo sin prisa. La que moría, junto con mi Francia, mi Josephine (1). Digo su nombre en voz alta para recordar los días en que la llamaba en los Jardines. Para cualquiera que lea esto, parecerá que ha sido un amor, tal vez lo haya sido. Para la historia un ícono, para mi, mon amie (1). Casi por azar, aparecería Adeline, una joven mujer que me prometía eternidad con su juventud. No lo dudé nos casamos. Recordar eso es nuevamente recordar Waterloo, y ser Napoleón por un rato, Napoleón lejos de la isla, o en esta isla que es la selva misionera.


Y necesito decirlo, y escribirlo, que comencé de nuevo, porque no sería ni la primera vez ni la última que lo haya hecho. Pero escribirlo es darme cuenta. Es cortar una hoja para que crezca una flor, y olerla, como se huele un amor viejo cuando uno le cortó las raíces al pasado. Se huele otra cosa, ya no es la flor la que huele, ya el nombre científico, o su apodo, o su mote, o su solo nombre se desvanecen, no importan. Ahora los aromas tienen nombres propios y nos llevan a cualquier lado. Todas las flores tienen olor a ella, a ellas, a todas juntas. Salvo una, la flor de la Ilex, es como ninguna, única. Y me lleva a un solo sitio, a una sola elle (1), a la hierb du mal, a la flour aimè, a-la-hierb-aimè. A las hojas de yerba."


(1) N.E:Escrito en frances en el original



de puño y letra y con caligrafìa extraña sigue escribiendo Aimè :


"Se decía de mí que era sabio. Ilustre. Palabras a las que siempre me costó acostumbrarme. Cuando alfin me nombraron con ese cargo que tanto ansiaba, el de "profesor naturalista de estas provincias", de poco comencé a creerme dicho apodo. Era tal vez en esas reuniones en las que empecé a darme cuenta de que manera era mirado yo y mis colegas. Tanto este que escribe, como Lozier, por alguna exraña razón, resultabamos el centro de toda conversación, quisieramos o no. Nos exigian que hablaramos de lo que sabíamos. casi casi, como si estuvieramos allí solo para eso. Lozier con su física y yo con mis plantas.

Una de esas tardes, que se hacian noche larga, entre Minues y Cielos, y entre mate y mate, fui presentado ante el Libertador, le Grand. Don José. Habria sido en casa de los Luca, Marquita me había invitado.

Lozier lo conocía, había enseñado matemáticas en Mendoza y había trabado conversaciones con el sobre las batallas y las ecuaciones. Un concepto muy de esa época. Días antes de Chacabuco. Lozier, mi amigo había sifo vícitima de la llamada conspiración de los franceses, de la mano de Dauxion Lavaysse. Siempre me ha contado que su anhelo ha sido la creación de una escuela industrial, pobre Lozier, lo último que supe de él es que vivió en Santiago y que murió entre araucanos. Lo llevó O´higgins para esos lados, cartografió regiones que yo no conocí y me ha contado que llegó a ser director del Instituto Nacional de Santiago. Alli conocería al aún joven Barros Arana. Algo me dice que el trabajo que realizó Mr Lozier habrá rendido sus frutos.
Tuvo una vida agitada, matemático él, sirvió para el ejército de Napoleón, y como todos nosotrso corrió la suerte del exilio al caer Jose I, pero él fue a los Estados Unidos, y allí, bueno, lo que todos ya conocemos. Fue cuando Fue reclutado por José Miguel Carrera.
En aquellos años en Buenos Aires, se me vienen a la mente otros personajes que se me mezclan entre tanta gentes que uno ha conocido. Se me mezclano los Lopez, los hubo muchos, Vicente, Vicente Fidel, pero recuerdo algunas charlas con Lopez y Planes, extraño ser, cercano a la música de los astros y de las plantas. Cultivaba la botánica de una manera peculiár Lopez fue quien me enseño aquell volúmenes, seis creo, de La Flora española, que hubieran pertenecido a mi colega Ibérico, José Quer. El me contó que ese volumen perteneció a Agustín Fabre.
La botánica era por esos años una ciencia muy popular en Buenos Aires, se nos solicitaba del periódico prestigiosísimo, La Gaceta, que publicaramos artículos. He escrito varios de diversas índoles. No era sorprendente que me llamaran para arbitrar por algún tipo de entrevero, sobre publicaciones de cosechas o agriculturas por esos años, Recuerdo que una vez que obtuve dicho cargo de Profesor de Provincias, El Supremo me solicitó opinión sobre un Manual de Agricultura, que se había publicado en 1819.
Recuerdo como hoy el nombre del autor. Grigera, la memoria no me miente ni me engaña, Grigera era un productor de auintas de Buenos Aires que segun me contaron casi un año despues de los episodios de mayo, fuera quien desplazó a los morenistas de la Junta Grande.
Pero yo no viví esas epocas, lo sé porque me lo han contado. En esas épocas yo estaba ajeno de lo que realmente sucedía en estas tierras. Voviendo al Manual, siempre creí que debía ser mejorado y así se lo hice saber a Juan Martin...."