Corrientes, milochocientoscincuenta y mucho
Ni unitario ni Federalista. Revolucionario. Piensa. No se anima a decir nada. Tiene temor de que lo vengan a buscar. Primero lo tienen que encontrar. Es difícil que los que lo buscan lo en cuentren, piensa de nuevo. Ellos qu defienden esa tiierra poniendole un nombre parecido a la palabra Padre, ni saben ni cómo se llama él, ni donde está, ni donde está la chalupa que lo trajo, ni como se llama el río que baña las costas de la región en la que el vive. Sólo saben que la distancia vale mas que el cultivo, y que si se puede poseer a la distancia es mas fácil porque no se ve lo que se gana o se pierde. No soy un mísero punto en un mapa errado, piensa. Soy un ser humano como los que aquí cagan en su lengua natal. Ni ellos saben como están divididas sus provincias. Ni ellos se enteran de lo que hay acá. Hay que venir a decirselos con la cara lavada. Se rasca la barba, se acomoda el solero, tiene la mirada profunda de la Vejez póstuma. Ha visto la muerte tantas veces como ha visto la vida. Le han degollado los sentidos y persiste en su busqueda. Es una planta que busca las raíces mas profundamente cuando le sacan la tierra.
Las tropas de Madariaga vieneron a buscarnos a todos. El litoral no es tierra de nadie (piensa) es tierra nuestra. Hasta allí llego Hornos con sus caballos al trote, desconociendo el terreno río arriba. Madariaga arrasará el arroyo de la China, entrará a Gualeguaychú.
Soy ahora un viejo viejo, como aquel viejo que me trae el recuerdo. Y viajo a caballo en mi mente a buenos aires, y llevo mi caballo en la chalana que me trajo. Y estoy parado frente a aquel hombre inmortal que me contó sus andanzas, pensando que algún día las repetiré. Tengo la bronca de los días felices que podrían ser mas. Pero no lo son.
Los primeros meses
Llega a Buenos Aires en febrero de 1817
cuando la batalla de Chacabuco anuncia el
comienzo de la campaña sanmartiniana. Tiene 44 años.
Los primeros dias en aquella ciudad fueron turbulentos. El Director supremo estaba produciendo cambios en su gabinete. Llegaban noticias patriotas de las hazañas de San Martin del otro lado de la cordillera. Chacabuco. Los bergantines en el puerto disparando salvas, la guerra lejana ganada al imperio. Sin embargo algo extraño sucedía...
Buenos-Ayres, milochocientosdiez y algo
-Son las doce- Dice Roguin. Lo mira con la mirada de quien espera que de una buena vez, ambos se levanten de allí y se dirijan a comer un poco. Estoy hambriento, refunfuña Roguin en francés.
Aquel joven observó detenidamente durante horas un pedacillo de tallo y un resto de hoja que llevaba guardada en su bolsito. Nos esperan señor- No me quiero enojar, pero la Señora Thompson nos espera. Dijo que tiene algo importante que decirnos. No creo tener que recordarle que organizó dicho almuerzo con esa idea.
El joven no sacaba su vista de aquel ejemplar. Parecía intentar descubrirle un secreto escondido en su raíz. Al cabo de unos minutos de insistencia, ambos hombres galos, salieron a la calle y caminaron hacia la plaza de la victoria, repleta por esos días de bandolas y de vendedores. Había festejos en la ciudad y se avecinaban cambios imperceptibles.
Mientras caminaban Roguin se percata de que a la distancia hay una corrida. Algún ladrón se escapa, piensa. Cavilaba y miraba a la distancia, miope como era que no se dio cuenta que un montículo de basura estacionado en la ochava, lo arrojaría sin demoras al piso. El basural escondía un chraco enorme del otro lado, Roguín cayó al agua sucia en un solo movimiento, ensuciandose el traje que con tanto ahinco había preparado para la ocasión. -Merde- gritó. Trè Merde. Volvió a gritar. Aimé!!!
Desde la otra esquina unas damas de miriñaque y solero se reían a todo desparpajo de aquel episodio. Su compañero estaba perplejo, ni bien se dio cuenta del episodio, corrió a socorrer a su amigo. Corrió a tranco rápido por la calle, esquivando los charcales dejados por las huellas de carreta y esquivando la bosta de los equinos. Cuando llegó lo encontró a su compañero reponiendosé del susto. Sonrojado de verguenza y tratando de limpiarse el traje. -¿Y ahora?- Preguntó. No me puedo presentar con de esta manera a la tertulia- Confesó asustado. Aimé Bonpland mira a su amigo, se peina y sin pensar mucho lo que dice le contesta. -Vamos hombre. Vamos así que va a estar bien. Somos naturalistas- Remata riéndo.
II
Dias mas tarde ambos amigos recordarían la anécdota. Esta vez en presencia de Adeline. Adeline evidentemente no le veía la gracia porque cuando Aimé la relataba con toda gracia, ella lo miraba con cara de pocos amigos. Resulta que Adeline hubiera preferido estar en esa reunión y Aimé no se había acordado de invitarla. Además, hubiera querido que Aimé se vista con el traja azul y que Roguin hubiera ido mas presentable. Mientras los dos hombres ser reían a carcajadas. Adeline miraba a todos lados desconcertada. Voy a ver que esta haciendo Emma, dijo, casi quejandosé. Los dos hombres aprovecharon el momento para conversar en español. Evidentemente preferían que Adeline no entendiera mucho lo que decían. Desde que la familia Bonpland había llegado a la ciudad, Adeline había aprendido pocas cosas del español local. Aimé aprovechaba las charlas con Roguin para aprender la lengua de cervantes y para aprender los modismos rioplatenses que tan graciosos le resultaban. Conversaron acerca del gobierno. Las novedades eran extrañas. A Aimé se le hacía a veces dificil entender como funcionaban las cosas en esas tierras. Roguin que tenía ya unos años de estadía en la ciudad conocía algunos pormenores. Aimé estaba preocupado por la abrupta ausencia de su amigo Manuel de la ciudad. De un dia para otro, el abogado que hubiera conocido en Londres, se había ido a la Provincia de Charcas. Roguin trató de explicarle en pocas palabras lo que estaba suciediendo. Aime no entendió o no quiso entender. Algunas situaciónes que se daban en las Américas le resultaban extrañas. Sobre todo en esa ciudad de Santa María de los Buenos-Ayres que en honor a su nombre estaba embebida en un hedor pestilente noche y día.
-Lo que está pasando es extraño- reflexiona Amado, mientras ordena unas cartas. Ayer mismo recibí carta de Simón Bolivar. La toma en sus manos como quien atesora un bien preciado, mira la letra, huele la tinta, el papel. Deshoja el papiro y lo inspecciona en voz baja. Simón me dice que no le diga a nadie, esto. Pero que siente que ya no puede resistir más. Al parecer el está al tanto de porque a Manuel Belgrano lo designaron a viajar al Norte. El tiempo dirá. Reflexiona. Roguin mira. Lo admira. A veces tan ensimismado, otras tan sabio. Roguin prefiere tocar temas patrios. Los ánimos estan caldeados, prefiere hablarle a amado de trabajo. Lo que Roguin no sabe aún, es que para Amado no existe el límite entre estos dos temas.
-¿Y qué mas cuenta, Simon?- ¿Alguna novedad de Celestino Mutis? Amado se queda en silencio. se arregla la barba, se arregla el monóculo, y lee en voz alta un párrafo de puño y letra de Simón. Ni bien termina, Roguin se queda en silencio un poco sorprendido. Otro poco sin entender bien. ¿Y eso que significa? -Desconozco. No se. Quizás Alexander sepa algo al respecto
Alexander Von Humbolt vivía en Berlín. Se había instalado como profesor en la Universidad hacía unos años ya. Se escribían seguido con Aimé, ya que además de ser amigos entrañables, aún tenían trabajo científico en común para terminar. Por esos años se estarían públicando los primeros tomos de su libro, un libro escrito en conjunto, que relataría los viajes a las américas que durante años realizaron ambos naturalistas. Desde la ciudad de Berlin, Alexander le relataba a Amado novedades de la tierra prusiana, compartían comentarios de la nueva música recién venida de Wienn o de Salzburg. Se hablaba tambien en esas cartas de lo que sucedía en la Francia que dejó Mr. Bonpand tras la caída de Napoleón Bonaparte. Por alguna razón extraña, lo que a Amado le preocupaba unos años atrás, es decir, el destino de su amada Francia, era un preocupación en segundo plano ahora. Sin que Alexander pueda entenderlo bien. Aime se preocuparía de ahora en adelante por lo que sucedía en esa América, que tanto empezaba a amar.
De hecho, es el trabajo lo que lo preocupaba a Amado. Años mas tarde, en la soledad de Santa Ana, iría recordando lo que pasaba por su mente aquellos primeros años en Buenos Ayres. Iría hilando, dando puntadas, contandosé a si mismo la historia para entenderla. Y se habrá preguntado varias veces si fue engañado. Todas las veces que pudo se habrá contestado que no. Que no fue engañado o que al menos no fue engañado concientemente. Era el destino el que lo habia puesto donde estaba y no había mejor lugar para estar.
III
El capitán de Luca era un auténtico hombre de armas. Como muchos de los soldados de su generación aprendió las artes criollas de las armas con técnicos españoles. Por aquellos días se lo encontraba trabajando en la Fábrica de Armas del antiguo parque de Artillería. Como hubira ocurrido durante los años de la revolución francesa, ese pueblo, era un pueblo de Armas. Por esos años de Luca también dedicaba sus horas a la escritura, los ciudadanos de Buenos Aires podían leerlo a diario en La Gaceta, desde donde relataba su visión de los hechos acontecidos en el Mayo porteño. De Luca era una especie de vocero , un (...) de la revolución de Mayo.
El aprecio de Aimè hacia Esteban estaba orientado a ese aspecto mas que a su rol en la Fábrica de Armas. Esteban fue quien conminó durante alguna noche de tertulia, entre mate y mate a Bonpland a la escrutra de articulos que podían ser publicados en la Gaceta. La casa de Esteban era antigua. Era ya una reliquia en ese Buenos Aires de Mayo. Parecía una de esas casas de campo que Amado había visitado en Nueva Granada.
Aquellas noches en el pequeño patio de la casa de Esteban, Amado conversaba con un anciano sobre un paciente que había curado días atrás en su consultorio. El viejo hombre no sabñia de medicinas, pero era extrañamente viejo. Es dificil llegar a esa edad, pensaría Bonpland y se imaginaría a el mismo con los ochenta años que tenía aquel viejo. El viejo (como ya le decía cariñosamente) gozaba de una excelente salud. Según él mismo contabva había vivido todos los nombres de esa ciudad. Español o mejor aún hijo de españoles, había nacido casi a principios de de 1700. La sola cífra da escalofríos. Amado se preguntaba en su interior, todo esto mientras lo escuchaba y conversaba, como sería esa ciudad en los primeros años de 1700. No se lo puede imaginar. Virrey tras Virrey ni puerto ni escollera, sólo un viejo fuerte inmundo plagando de víboras y de sapos y de culebras. Seguramente el viejo lo había conocido a Garay. No miento.
El viejo había nacido en MonsVideo, como le gustaba decir a él, quedado en el tiempo. Pero, según contaba, entremezclando recuerdos con realtos históricos incomprobables, sus padres, Españoles, claro está, habían viajado a Buenos Aires por orden del Rey. El Padre del Viejo, (nunca dió su nombre) era marino del Rey. Calculando aproximadamente los datos que el anciano daba, su padre, Español, habría nacido a mediados del 1600, en andalucía. Los números cierran, pero cuesta imaginarse cuantos cambios han sucedido en estos poblados en ese tiempo. El viejo tiene vagos recuerdos de su padre. Se creió con su madre que poco quería saber de él, y ya murió hace añares. Pero el asegura que los longevos en su familia son los hombres.
La conversación atrapó a Aimè y viajó en el tiempo. Le contó que supo que su padre estuvo en Charcas, en Chuquisaca, en la Capitanía de Chile, y que desapareció en una misión en la ciudad de Lerma (Salta). La novelezca historia que el viejo contó, le resultó sorprendente. El viejo se negó a dar el apellido del padre. que no coincidía con el de él, porque él había adoptado el de la madre. De una forma extraña el gran científico e ilustre sabio se sintió pequeño (más que de costumbre) ante aquella sabiduría ancestral que tenía el viejo. Trató de imaginarse la vida del padre del viejo. Desterrado de su Iberia. Yendo por rumbos lejanos a mares ajenos. El viejo, sospechó que Amado desconocería la historia de su padre. Y se le escapó su nombre, lo dijo rápido, como avergonzado. La palabra le sonó a una palabra que escuchara en Corrientes. Chamijo, dijo, como en voz alta, pero dudando. Chamijo fue mi padre. Pero se le conoció por otro nombre según me han dicho. Años después Aimè conocería la historia novelezca de un Andaluz que recorrió las Américas por esos años y cuyo nombre original, coincidía con el dicho por el viejo. Se trataría de un personaje conocido como Bohorquez. Años mas tarde, cuando Bonpland tuviera la misma edad que aquel viejo en el patio de lo de Esteban, una memoria fresca le traería el recuerdo insólito de que estuvo charlando con el hijo de aquel extraño hombre cuyas historias le parecían terribles.
Por esos días Aimé estaba buscando algunos libros. - Vaya a lo de Avila- vociferó un hombre de barba, alto, con un uniforme desvensijado que salía de una fonda. En lo de Avila encuentra todo lo que se ha publicado en las Américas. Dice. Yo mismo soy un asiduo de ese local. Así como me vé, soy de comprar muchos volúmenes. Mis favoritos son los libros franceses. Si puedo los leo en ese idioma, pero no siempre. Vea, prosigue en el monologo, el alegre señor que mietras hablaba se resacaba el bigote. Usted tiene que seguir derecho por la callecita esta chiquita por la que viene, y cuando llega a la plaza mayor, en ese edificio todo roto y a medio hacer, vió, da una vuelta a la izquierda. y camina como varios traspatios, y de repente le aparecerá una edificación antigua, pero bien cuidada. Del tiempo del virrey. Una botica, exactamente. Usted lo ha dicho. Ahi en la calle San Carlos está la botica. Ahí consigue lo que usted quiera. Pero no me ha dicho que está buscando, buen hombre.
Ni él lo sabía con exactitud. A la distancia, se convencerá de que buscaba novelas recientemente editadas, de autores de esta tierra. Para distraer su aburrimiento.
Ahora que estoy lejos y que tengo lo que quiero, entiendo que esa pequeña y sucia ciudad me jugó una mala pasada. Por un lado me tenía entretenido con sus personalidades, pero la frustración de no poder trabajar en lo que quería, me socababa. Tal vez las novelas eran para Adeline, que se aburría mas que yo.Pero no exactamente todo el tiempo me aburría en ese sitio, las tertulias se transformaron noche a noche en hermosos recuerdos que se me aparecen con la nitidez de las horas eternas...
Ni él lo sabía con exactitud. A la distancia, se convencerá de que buscaba novelas recientemente editadas, de autores de esta tierra. Para distraer su aburrimiento.
Ahora que estoy lejos y que tengo lo que quiero, entiendo que esa pequeña y sucia ciudad me jugó una mala pasada. Por un lado me tenía entretenido con sus personalidades, pero la frustración de no poder trabajar en lo que quería, me socababa. Tal vez las novelas eran para Adeline, que se aburría mas que yo.Pero no exactamente todo el tiempo me aburría en ese sitio, las tertulias se transformaron noche a noche en hermosos recuerdos que se me aparecen con la nitidez de las horas eternas...
IV
-Comparto plenamente su opinón- le dice un señor flaco y alto a Amado, en una tertulia en cercanía de la Plaza de la Victoria. Eran las ocho de la noche y el día había sido largo para Amado. Una vez mas como muchos viernes lo habían invitado a esas tertulias de la Sociedad Porteña, donde desfilaban militares, abogados, gobernantes y Minués. Cada tanto algún científico aparecía en el Salón de la Thompson, y entonces Amado estaba como en su salsa.
El señor Lazier era un químico que había llegado a Buenos Ayres hacía ya unos años y le había sido encomendada la tarea de profesor en el Protomedicato. El aguzado interlocutor de Amado, dialogaba acerca de los naturalistas que habían pisado las Americas y que descubrían las riquezas de la tierra. Amado estaba entusiasmando con la conversación la que en ocasiones transcurria en Francés y español.
- Felix de Azara y Celestino Mutis- por lejos. Contesta Bonpland mientras miraba si su esposa Adeline estaba cerca o no. Lazier le había preguntado que naturalistas eran los que mas habían contribuido a conocer mejor estas tierras.
Azara, viajante inquieto y observador agudísimo. Había venido al rio de la plata en tiempos del virreinato, como parte de una expedición conciliada por el Rey español para delimitar los territorios pertenecientes a españa y a portugal. Es así que estuvo veinte años en la región, descubriendo por ojos propios y cartografiando lo que los guaranís conocian desde hacía siglos. Hacia principios del siglo diecinueve partió nuevamente para España, por lo que coincidió en unos cuatro años con el viaje que realizara Amado con su amigo Humbolt.Obviamente Felix conoció por propios ojos una Buenos Ayres muy distinta a la que recorrió Amado, ya que habitó la ciudad treinta años antes de la llegada de Bonpland, todavía en tiempos del virreintato.
Cuando el pequeño Amado era aún un enfant terrible correteando por su pueblo natal, la Rochelle, Felix era ya un adulto que se embarcaba en los ríos mas salvajes de la América. En 1783 Azara deja Buenos Aires embarcandosé rio arriba, por el Paraná Guazú hasta río Grande. Su proximo destino sería el Paraguay en donde se quedaría casi doce años, esperando la firma del tratado con los portugueses. Obligado a la estadía en Paraguay Azara recolectó y estudió mamíferos y otros cuadrúpedos que tiempo después llevaría a Europa.
Años después sus tareas diplomáticas lo harían regresar a Buenos Aires, donde viviria por dos años mas, y luego regresaría a España. Pero Bonpland prefiere detenerse en algunos aspectos de la vida de Azara. Quien moriría aproximadamente para la fecha en que Bonpland sería apresado por el Dr. Francia, donde el francés pasaría casi tanto atrapado como el Español.
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(N.d.E): Luego de su larga estadía larga en el Paraguay, cuando regresa a Buenos Aires, Azara lee las obras de Buffón, aquel naturalista francés, gracias a un franqueo de las obras en español y en francés. Buffon sería leído durante todo el siglo por muchos naturalistas de la época. Azara esgrime algunas crítcas a las ideas de Buffón, que se las envía por correo, pero Buffón nunca las leería porque ya había muerto, como lo había hecho su traductor al español, Pinedo. Azara nunca conoció a Haenke. Las notas científicas de Azara en la gaceta mercantil serían una interesante fuente de inspiración para Amado. Como lo fuera Heanke.
V
Tadeo Haenke, otro naturalista crucial en la vida de Bonpland, había llegado a América con la expedición de Malaspina, estudioso de la botánica, trabajó casi obligado tras un naufragio en las costas de montevideo, donde perdió su materiales. La estadía de Haenke en Buenos Ayres fue corta. Trabajó herborizando la región durante dos meses y luego viajó a santiago de Chile para reencontrarse con Malaspina atravesando los andes por Uspallata. Haenke no volvería a Buenos Aires. Sería llamado por el virrey en tiempos previos a 1810 pero dada su enfermedad, no viajaría. Moriria en Cochabamba. De hecho en 1818 Amado remite una carta a Pueyrredon (el supremo) donde le solicita se le dé el cargo de Profesor de Historia Natural de las Provincias Unidas que quedó vacante tras la muerte de Haenke.Ese 22 de Junio de 1818, Amado comienza a darse cuenta para que había sido llamado. En esos días Amado propondría su plan de trabajo, recolectar y herborizar las riquezas vegetales de la región como una continuación postergada del trabajo de Haenke, construir un jardín con las especies autóctonas de la región en Buenos Ayres, enviar a Europa especímenes. Los ejemplares recolectados por Amado "Podrian ser depositados en la Biblioteca o en la Universidad".
En esas reuniones de madrugada entre minnues y pericones Amado Recordaría aquel viaje a Londres, unos años atrás, mientras conversaba con la dueña de casa, la señora Thompson. Corría 1816 y con sus amigos, Manuel y Manuel, deciden viajar a Londres. Allí también estaba Zea, el sucesor de Mutis, a quien Amado conociera en las cercanías del Orinoco, en Nueva Granada. Zea había sido mandado por Simón, en un viaje casi diplomático a buscarlo a él. Todo era confuso para Amado. Tenía que trabajar en la observación de una colección que las Américas le habían brindado, pero no quería, eran muchos años de trabajo, en los que preferiría quedarse recolectando nuevos especímenes. Mutis, Celestino, sería un derrotero a seguir para Amado, parte de la Historia Natural recolectada en las Américas se debían al trabajo de este hombre. Simon lo invitaba cordialmente a instalarse en Nueva Granada con su familia. El proyecto era ambicioso. Pero no era el momento. No tenía lugar en Francia, No tenía lugar en Nueva Granada.
Adeline educadamente, lo sacó de tema, pues lo notó triste. Decidió cambiar de tema, y le preguntó a la señora de Thompsom por su esposo. Amado se excusó y salió al patio trasero. Las dos damas siguieron conversando acerca del señor y de Emma.
En esas reuniones de madrugada entre minnues y pericones Amado Recordaría aquel viaje a Londres, unos años atrás, mientras conversaba con la dueña de casa, la señora Thompson. Corría 1816 y con sus amigos, Manuel y Manuel, deciden viajar a Londres. Allí también estaba Zea, el sucesor de Mutis, a quien Amado conociera en las cercanías del Orinoco, en Nueva Granada. Zea había sido mandado por Simón, en un viaje casi diplomático a buscarlo a él. Todo era confuso para Amado. Tenía que trabajar en la observación de una colección que las Américas le habían brindado, pero no quería, eran muchos años de trabajo, en los que preferiría quedarse recolectando nuevos especímenes. Mutis, Celestino, sería un derrotero a seguir para Amado, parte de la Historia Natural recolectada en las Américas se debían al trabajo de este hombre. Simon lo invitaba cordialmente a instalarse en Nueva Granada con su familia. El proyecto era ambicioso. Pero no era el momento. No tenía lugar en Francia, No tenía lugar en Nueva Granada.
Adeline educadamente, lo sacó de tema, pues lo notó triste. Decidió cambiar de tema, y le preguntó a la señora de Thompsom por su esposo. Amado se excusó y salió al patio trasero. Las dos damas siguieron conversando acerca del señor y de Emma.
Por aquellos días Adeline no lo veía nada bien. No se podía concentrar, no le salían las palabras. Je perdú les mots, decía, en un gesto casi poético. Antes de partir por trabajo a Londres, Adeline le daría un abrazo en la intimidad. Mailmasón es parte de la historia, le dijo al oído, en un dulce francés. En el trayecto, el carromato oscilante zigzagueba a toda velocidad por los campos. Iría á Paris, al centro de la ciudad a encontrarse con Americanos libertarios. Estaba entusiasmado. No se lo veía sonriente pues la incertidumbre es errónea para los sentimientos de alegría y beneficiaria de los pensamientos adversos. Aún así este joven de La Rochelle, se sentía entusiasmado.
Corrientes, milochocientoscincuentaynada
Ahí empezo todo. Reflexiona. Yo había leído algunas descripciones de Azara de aquellas hierbas mágicas. Pero no entendí el real valor de todo cuando Manuel me contó casi como una disgresión a sus relatos de la logia, sus viajes por las misiones. Habían sido seis años antes de que nos encontraramos en Londres. Fue detallado en su relato. Con el tiempo entendí porque. El sabía como hablarme. Habil conversador, Manuel relató sucesos bélicos relativos a los días de las batallas por la independencia. Me gustaría estar ahí, recuerdo que pensé. Pero luego lo olvidé. Era como un sueño, como esas historias pergreñadas en noches insmnes que parecen tan alcanzables y se deshilacha al primer hilo de luz.
Lo que Manuel relató fue su viaje por las Misiones. Fue encomendado por la Junta (el órgano de gobierno luego de Mayo), y habría sido realizado para detener unas revueltas del los soldados del Rei de España en esa región. Lo que Manuel notó cuando llegó es que la región conocida por los Jesuitas como la Paraquaria, lo que hoy corresponde a la provicia de Corrientes y de Misiones fue que los yerbales de esas rejiones estaban destruidos. Manuel había estado con su ejercito por las regiones de San.... de las Siete corrientes, por la Candelaria, y había llegado hasta las misiones de Loretto y santa Ana. Se imaginó arder los enormes templos ya derruidos y lloró lagrimas de tinta al imaginarse la primer imprenta de las Américas, imprimiendo vacío. Lloró lágrimas de mate, amargas, al imaginarse la riqueza natural saqueada. Lloró lágrimas de sangre al imaginarse la sangre guaraní derramada.
El otro Manuel, miraba. Mientras el gran Manuel hablaba. Mezclaba el Inglés rudo, con el francés tosco y ese castellano extraño, que iba y venía entre el tu y el vos. Me contó que decretó en ese territorio evitar el saqueo de los yerbales. Yo trataba de imaginarme que significaba aquello. Creedme que no podía. Asentía y lo miraba. Entonces él tenía una barba crecida y extrañaba tomar el mate por la mañana y se acordaba cuando se lo invitaba a tomar un té a las cuatro de la tarde.
Ahora que recuerdo la conversación, la amistad ofrecida y ese abrazo afectuoso que nos dimos antes de que ellos partieran, pienso que aquellos diálogos fueron los primeros mates que tomé junto a aquel Independentista, por mi tan admirado. Belgrano.
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NdE: Los territorios de la provincia de Corrientes no estban delimitados en los tiempos de dicho viaje de Belgrano hacia las Misiones. Recién se delimitaron por decreto en 1814, y se escogieron para dicha delimitación los cortes naturales que los amplios ríos producen en la región. El Paraná, y el Uruguay al Este y al Oeste. Los límites Norte y Sur de las denominadas Provincia de Corrientes y Provincia de Entre-Ríos, estarían marcados en los papeles erróneamente, y así permanecerían de incógnito durante casi sesenta años por el estado, cuando en tiempos del la guerra de la triple alianza, Vicente Quesada describiera a pedido del gobernador Pujol, la geografía de la zona. Quesada advierte en 1856 que el trazado entre estas dos regiones es erróneo, ya que existen poblaciones al norte del Arroyo Mocoretá, que según el decreto deberían pertenecier a la Provincia de Entre-Rios, y sin embargo, pertentecen a la Provincia de Corrientes. En este texto, publicado en Buenos Aires por la editorial El orden en 1859, Quesada invita a participar a Bonpland, con un texto inédito hasta entonces en el que se describe con detalle un proyecto agrícola novedoso para la región.
Al mismo tiempo que la Real academia de Ciencias de una Londres imperial y victoriana (donde paradójicamente empezó este viaje de Amado) recibía noticias revolucionarias debido a la publicación de "El origen de las Especies" de Charles Darwin; en la progresista Buenos-Ayres se publicaba este texto de Amado. Dos alcances diferentes de dos naturalistas contemporáneos que escogieron destinos diferentes. El uno la universalidad, el otro el olvido.